Vivir es jugar a descubrir… descubrir es jugarsela a vivir

Nací en Managua – a las pocas horas de vida me encontraba en un pueblito de Chontales – a los 3 años me apartaron de los árboles, ríos y animales. Lloré, lloré mucho. – Managua era horrible. Cada vez que tenía vacaciones viajaba a Santo Domingo que tanto amaba y cuando regresaba siempre lloraba –  creo que nunca he derramado tantas lagrimas en la vida.

Crecí aprendiendo los roles que toda niña debía cumplir en una casa, me encantaban los juegos de cocina, tenía muchas muñecas que eran mis hijas, lo recuerdo divertido. Aprendí también que “debía” ser buena alumna y sacar excelentes notas porque mi mama, mi papa y mis tíos habían sido del cuadro de honor. Yo debía guardar silencio, y sin dar problemas debía imitarles.

A los 8 años, el segundo gran evento que me marcó la vida. Mi mama y mi papa se divorciaron y él se fue de la casa. A los pocos meses, mi papa se fue a la yusa y no lo ví nunca en muchos años. No lloré nunca, ni falta me hizo (o eso pensaba). Siempre fui una niña bien calladita y bien portada.

Tenía un amigo con el que jugaba mucho y me divertía (él vivía donde mi abuelita M. cerca de mi casa), a veces, después de la escuela me iba donde ella y aprovechaba y jugaba con él. Éste, “mi amigo”, de repente me empezó a encerrar en un cuarto y abusaba de mí – me obligaba a callar-. Mi abuela lo sabía, la veía detrás de la puerta del cuarto donde lo llamaba con excusas para que me dejara, pero no funcionaba. Nunca hablé de eso con nadie hasta hace poco. Mi consciente decidió olvidarlo. Siete años más tarde otro hombre repetía la historia, en mi propia casa. Y como siempre yo… calladita.

Jamás lloré. “Lo había olvidado todo”

Cuando lo recordé hace unos 2 años, me enfermé mucho y perdí mucho peso, como unas 30 libras, era como si mi inconsciente dictaba la siguiente orden a mi cuerpo: “Tenes que desaparecer para no pasar la vergüenza social de hablar”. Yo comía y como por arte de magia seguía bajando de peso. No me daba el permiso de tomar la vida; si, estaba en una etapa de depresión. Fue horrible. Decidí no frecuentar a nadie. Mi familia, por el contrario, me felicitaba porque yo estaba delgada y cumpliendo al cien los estereotipos de belleza. A mi consciente le gustaba que la gente tuviera esa imagen de mí, que todo estaba bien. No podía permitirme verme mal de ninguna forma. Pero la perjudicada siempre era yo.

Y es que no es raro que desde pequeña haya guardado silencio, cuando vivimos en un cultura que eso es lo que nos impone, en donde no hablamos de lo que nos duele, no se habla de lo que nos molesta. Lo cargamos todo. Y después andamos por ahí pretendiendo ser “felices” con semejante carga de dolor a tuto. Después queremos cambiar el mundo con toda esa maleta pesada, cuando no podemos ni con nuestro cuerpo.

Cuando conocí el feminismo, me dí cuenta que habían muchos tipos de violencia y muchos tipos de abusos, me dí cuenta que no era la única chavala con una historia de abuso y que no tenía que sentirme mal por eso, no había sido mi culpa y que no merecía que las personas me vieran mal por eso
(como me habían enseñado en mi casa), no merecía que me vieran con lastima. Era una sobreviviente de tantos abusos y merecía mi lugar. Merecía encontrarme y empezar a descubrir quién era yo realmente.

De repente, miras hacia atrás y te das cuenta que no todo lo que la sociedad dice sobre la vida, vos y tu cuerpo es cierto, hay más mentiras que certezas. Somos un montón de ideas que muchas veces no son nuestras, sino que son importadas, pero las asumimos con mucha lealtad. La cultura del silencio me parece que es la más cómoda y podría ser la más dañina.

Hoy creo que la vida es como un juego que no tiene fin, un juego donde se vale gritar, quitar las reglas que no te gustan y crear las tuyas, un juego en donde se aprende o se gana, pero nunca se pierde.

Se trata de irte descubriendo,  construyendo, deconstruyendo y reconstruyendo. Sin miedo a ser vos misma. Salir del capullo y atreverte a volar sin miedo.

En mi proceso… éste donde me he venido encontrando, han habido personas maravillosas que me han ayudado a descolonizar la mente y el cuerpo. El feminismo, la lúdica, el arte, el teatro y la biodanza, casi podría decir que me salvaron la vida.

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